Este era el mundo real

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El pasado 8 de marzo, el día internacional de la mujer, se conmemoró una lucha que hasta hoy sigue en pie. Una que busca que las mujeres puedan ejercer sus derechos fundamentales como seres humanos, libremente. Esta pequeña narrativa da una pizca de un mundo que, en realidad, no debería ser utópico, sino una meta a trazar para un mundo mejor.

Escribe: Gabriela Ramírez


(Los personajes de esta historia son ficticios)

Era un lunes por la mañana y me estaba alistando para ir a la universidad. Decidí ponerme un short, un polo de manga corta y mis zapatillas, pues era verano y Lima estaba hecha un horno. Luego, mientras tomaba mi desayuno, escuchaba en las noticias que, en promedio, la brecha salarial a nivel mundial había llegado a su punto más bajo. Actualmente, las mujeres estaban ganando 99 centavos por cada dólar que ganaba un hombre, lo cual era una tremenda mejoría después de tantos años. 

Mi mamá se acercó para despedirse de mí y de mi papá porque iba a una reunión importante en el trabajo. Ella estudió ingeniería civil y hace poco la habían ascendido en la empresa de construcción en la que trabajaba; mi papá, por su lado, trabajaba en el área de Recursos Humanos en una consultoría, así que también andaba con las horas del día ajustadas. Sin embargo, ambos acomodaban sus horarios para apoyarse mutuamente. Algunas veces mi papá trabajaba desde casa para cuidar de mi hermano menor y otras veces mi mamá lo hacía. Son goals, para que mentir.

Al terminar de comer, salí a tomar mi típica caminata hacia el paradero. Hoy el día era pesado porque tenía como cuatro clases, siendo una de esas Econometría I. Es decir, mi cerebro iba a quemar neuronas. Lo bueno es que, como siempre, el recorrido hacia mi casa de estudios fue tranquilo. Nadie se volteó a mirarme, en el bus no sentí ninguna incomodidad y nadie me gritó alguna frase fuera de lugar. Todo era muy tranquilo por la zona, así que no sentía miedo de salir sola. 

El día transcurrió lentamente. Al terminar todas mis clases, me reuní con mis mejores amigos en una cafetería cerca de allí. Una vez sentados, comenzamos a estructurar un trabajo que debíamos entregar al final del ciclo. Esta vez queríamos hablar sobre la evolución en el acceso a la educación para las niñas y adolescentes en el Perú. Hace unos años, un gran porcentaje de niñas que vivían en zonas rurales no sabía leer ni escribir. Inclusive, a raíz de la pandemia, muchas tuvieron que abandonar sus estudios para apoyar con las tareas domésticas en el hogar. Sin embargo, luego de muchas campañas y proyectos de ley, ese escenario ha mejorado en varias zonas del país.

Luego de unas horas, cuando llegué a casa, decidí tomar una siesta. Me dirigí a mi cuarto, observando todas los cuadros con fotos familiares en el pasillo. Como la mayoría, eran fotos de cuando yo era muy pequeña, no me acordaba de muchas cosas. Había una de mis 15 años, donde salía con un vestido enorme de color amarillo. Estaba posando en un jardín con un atardecer hermoso-

Un momento… Que yo recuerde, no tuve un quinceañero porque estábamos pasando por un momento difícil como familia. 

Me fui corriendo al cuarto de mis padres para preguntarles por ese día, pero no había nadie. Lo cual era extraño porque ya eran las nueve de la noche y ellos siempre estaban en casa antes de las ocho. Decidí ir al cuarto de mis hermanos para preguntar…pero cuando entré el lugar estaba vacío. Para ese momento, me empecé a alarmar. Estaba por agarrar mi celular, cuando en eso oigo que gritan mi nombre. No tenía idea de dónde provenía, pero gritaban desesperadamente. Iba a salir de la casa, pero no llegué muy lejos porque todo se hizo oscuro.

Me había despertado. 

Me paré lentamente y me dirigí a la sala. Mis padres se encontraban sentados viendo el noticiero.

¿Todo bien, hija? -mencionó mi mamá.

No lo sé… -admití.

¿Tuviste una pesadilla? Debes distraerte más, creo que estás muy estresada -dijo mi papá.

Cariño, necesito que me ayudes con la cena hoy. Debo seguir buscando empleos en internet, sabes que es difícil por la carrera que elegí estudiar…

Sí, mamá. No te preocupes, yo me encargo -le aseguré.

Mientras preparaba todo para cocinar, escuché atentamente el noticiero: “La joven agredida sexualmente declaró que se dirigió al día siguiente a la comisaría para denunciar al agresor. Sin embargo, las autoridades no realizaron el protocolo adecuado, pues encontraban sospechosa la forma en que la adolescente andaba vestida… Algunos testimonios concuerdan con que nada de esto hubiera pasado si la muchacha no hubiera andado sola por la zona y con ropa tan provocativaUna pena que haya ocurrido esto justo este 8 de marzo, un día de celebración para las mujeres…”

Usualmente uno tiene malos sueños y se encuentra aliviado al despertarse de ellos. Sin embargo, esta vez fue al revés. Toda esa vida tranquila y llena de oportunidades que observé mientras dormía era muy buena para ser verdad, pero no esperaba que al abrir los ojos y darme cuenta de mi entorno, descubriera que la pesadilla era el mundo en el que vivía actualmente. 

Un mundo donde las mujeres seguían luchando por derechos que todo ser humano debería poder ejercer. Donde siempre se les ha exigido una forma de vestir, de pensar y de actuar. Donde no tienen las mismas oportunidades para educarse ni desarrollarse como profesionales. Donde los feminicidios solo van en una dirección: en aumento. Donde muchas veces se pone en duda su testimonio por la forma en cómo andaban vestidas.

Lamentablemente, este era el mundo real.