Cuando actuar se hace más sencillo que pensar

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¿Existirá un límite para las acciones del ser humano? Al revisar lo que nos dice la historia, puede parecer que no; sin embargo, esto podría tratarse de un fenómeno conocido como la “banalidad del mal”, el cual explica la incapacidad del hombre de hacer uso de su propio juicio crítico. A continuación, un poco más sobre lo que implica la banalidad del mal.

Escribe: Andrea Mendoza

75 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, un ex guardia de un campo de concentración nazi fue declarado culpable ante la ley por haber sido cómplice de múltiples asesinatos. Se trata de un hombre de 93 años identificado como Bruno Dey, quien con tan solo 17 años de edad sirvió en el campo de concentración de Stutthof, el primer campo ubicado fuera de Alemania y el último en ser liberado por los aliados el 9 de mayo de 1945. Se estima que Stutthof albergó a un total de 115,000 prisioneros, de los cuales más de la mitad murió allí sin contar a los 22,000 que fueron transferidos a otros campos nazis. 

El acusado había admitido previamente que era un guardia del campamento; no obstante, consiguió aliviar la pena manifestando que, en el momento, no tenía otra opción. Durante el tiempo en el que el juicio fue realizado, más de 40 co-demandantes testificaron contra el ex guardia de la SS, quien habría apoyado a sabiendas miles de asesinatos crueles. Algunos de los crímenes cometidos fueron los disparos en la nuca, la prohibición de comida, medicinas y el uso de gas Zyklon B para envenenar a los prisioneros. 

 

Hoy en día resulta difícil creer todo lo que nos cuenta la historia. A primera vista parece irreal, imposible, inhumano. Lo cierto es que durante 1939 y 1945, alrededor de 6 millones de judíos fueron asesinados en campos de concentración nazis. Asimismo, murieron cientos de miles de rumanos, personas con discapacidades mentales o físicas y con orientación sexual distinta a la hetero. Bruno Dey se disculpó ante la ley por todos los atroces crímenes que cometió, hasta enunció que las imágenes de miseria y terror lo han perseguido toda su vida. Por otro lado, ex soldados de la SS como Adolf Eichmann nunca consideraron haber cometido algún crimen, sino que lo hacían porque era su deber en ese momento. 

Al fenómeno mencionado anteriormente, la filósofa Hannah Arendt lo llama “la banalidad del mal”. ¿De qué se trata esto? Significa estar libre de todos los problemas de conciencia provocados por una acción universalmente considerada como mala, ya que los pensamientos quedan absorbidos por la formidable tarea de organización y administración que se tenía que desarrollar. Es un poco confuso de comprender, pero según este fenómeno, Eichmann no fue ni un monstruo ni un genio del mal, mucho menos alguien que obtuviera placer al ser responsable de la muerte de miles de millones de personas. Él sufrió de una curiosa, y verdaderamente auténtica, incapacidad para pensar. Lo más grave de lo sucedido, en palabras de Arendt, fue que “hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

Fuera de que no estemos viviendo actualmente una guerra mundial, este fenómeno puede igual presentarse en diversas situaciones. Entonces, ¿cómo evitar convertirnos en Eichmann? Hay que poner en práctica lo que Arendt llamaba juicio crítico, que se relaciona con la idea que tenía Kant sobre pensar por uno mismo, de modo independiente, sin prejuicios y sobre una máxima que nos obliga a ponernos en el lugar de los demás para ver si aún así seguiríamos actuando de la misma manera. Eichmann se preguntaba a menudo: ¿quién era él para juzgar? ¿podría él tomar sus propias opiniones en aquel asunto? Para lo que Arendt escribe: “todos somos quién para juzgar, y precisamente la carencia de esa facultad, su ejercicio, es lo que posibilita la diseminación del mal y la tolerancia frente a este”. 

Es decir, lo que plantea Arendt no es excusar a personas como Eichmann, sino es ir un poco más allá y ser, más bien, muy exigente con todos nosotros. Entendámoslo como que no podemos ser actores dentro de una obra que tiene un guión con el cual no estamos de acuerdo. No podemos asentir con la cabeza a todo y seguir al pastor del rebaño. Cada uno de nosotros tiene el don de usar su juicio crítico, y esto solo se hace posible en el momento en que comenzamos a cuestionar el núcleo de las cosas. 

 

Por último, la condena de Bruno Dey ha enviado un poderoso mensaje al mundo: “no se puede negar la responsabilidad de lo que pasó”. Desafortundamente, la mayoría de los perpetradores del holocausto nunca fueron procesados, muchos de ellos huyeron, lo que nos queda algo que se siente como justicia simbólica y, quizás, como huella de que al fin usaron su juicio crítico y fueron conscientes del cargo moral de sus actos. 

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