New Orleans: una ciudad sin esperanza

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Hace unos meses visité New Orleans y pude notar lo que el huracán Kotrina ha dejado habiendo pasado más de 15 años desde que pasó y cambió el rumbo de esa ciudad: muchas de las innumerables zonas que fueron destruidas siguen sin ser habitadas, las personas conviven con hospitales abandonados y es muy natural hablar de la posibilidad de dejarlo todo e irse a otro lugar si volviera a ocurrir un escenario como ese: de hecho la simpleza con la que efectúan un cambio y las precauciones que toman con total normalidad fueron las que llamaron mi atención; no sé si todos estamos acostumbrados a vivir con esa incertidumbre.

Escribe: Daniela Postigo


 

Según Wynton Marsalis, un insigne trompetista de la ciudad, “…La noche del 29 de agosto de 2005, los vientos y las lluvias del Katrina alborotaron sus mansas aguas y las llenaron de fuerza hasta que rompieron el frágil muro, y las tierras bajas de la ciudad se convirtieron en un enorme recipiente. El agua entró con tal violencia que, al caminar sobre los escombros húmedos, se siente como si el lago hubiera estado esperando un nuevo huracán para regodearse de su poder y burlarse de las desidias de los humanos. Arrastró viviendas de las que solo quedan bocas de tuberías a la intemperie, dejó barcos anclados donde antes había casas, lanzó pianos contra los techos para que flotaran en un amasijo de cuerdas y astillas por las calles, apagó refrigeradores en los que se pudrieron los famosos crawfish, y dispersó a sus habitantes (a los que pudieron salir) por las ciudades del sur y el norte del imperio.”

Mientras observaba todo esto y escuchaba a unos músicos tocar piezas de jazz en el bar del costado, oí a unos habitantes comentar (o, en realidad, quejarse) de la poca inversión tanto privada como pública que se le ha dado a la ciudad desde que les tocó enfrentar este desastre natural; ponían como principal argumento el hecho el que no se ha podido poner una solución, un plan ni una posible respuesta que sea, en su mayoría, efectiva para evitar el colapso de la ciudad si un huracán vuelve a pasar. De hecho, y algo que también me llamo mucho la atención cuando llegué, es que es por eso que las casas están hechas de un material similar (no igual) a la madera: para que sea, en caso pase otra vez, mucho menor la pérdida de capital.

Sin embargo, hay que recalcar que New Orleans sigue recibiendo una gran cantidad de visitantes de forma anual, y es que es innegable toda la cultura que encierra esta ciudad que, muchos años atrás, dieron por perdida: el choque de culturas provenientes de la mezcla entre españoles, franceses y africanos occidentales dio como resultado el Jazz y al conocido Barrio Francés. Además, el pueblo de New Orleans es reconocido por ser el pueblo del Blues.

Según Judith Rodin, presidenta de la fundación Rockefeller, “Nueva Orleans (…) se convierte en un modelo de resiliencia para las ciudades del siglo XXI. El huracán Katrina nos ha enseñado que al reforzar su capacidad de resistencia, las ciudades pueden prepararse para enfrentar una nueva catástrofe, construyendo una economía y una sociedad más fuerte.”

Esto último creo que encierra muy bien la conclusión que tuve al salir de esa ciudad: es una comunidad con rasgos muy interesantes tratando de salir adelante de un fenómeno ocurrido años atrás que todavía muestra sus rezagos y continúa amenazando silenciosamente sus vidas.