¿Cuál es tú mayor miedo?

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Parece una pregunta sencilla de responder. Siempre hemos sabido que el miedo se asocia a la oscuridad, a las limitaciones, a la inseguridad. Pero, ¿por qué alguien te haría esta pregunta? ¿No es obvio que todos le tenemos miedo a algo similar como el fracaso o a no cumplir las expectativas de esta exigente sociedad? Todo suena muy lógico, hasta que el personaje de Timo Cruz, jugador de baloncesto de la secundaria Richmond, te demuestra que lo que verdaderamente temes no es ser opacado, sino brillar.

Escribe: Gabriela Ramírez

A primera vista, “Juego de Honor” parece una película más sobre el baloncesto, en donde un equipo de jugadores indisciplinados aprende a trabajar en equipo para poder ser verdaderos campeones. Sin embargo, los mensajes que transmite van mucho más allá de la disciplina o la constancia. En general, la cinta resalta la importancia de la superación personal, y hace una dura crítica ante la idea de que el deporte, cuando tienes talento, es más relevante que la educación. Podríamos ahondar más en el tema, pero para la autora es más divertido si los deja con la duda y ven la película, así que vamos directo a lo esencial.

Uno de los mensajes más importantes tiene que ver con la pregunta que el entrenador constantemente le hace a uno de sus miembros del equipo, Timo Cruz. “¿Cuál es tu mayor miedo?”, es la pregunta que lo acompaña durante toda la película, y en realidad uno no termina de entender por qué es tan importante saber responderla. Eso es hasta que escuchas una parte del monólogo de este personaje, basado en un discurso de Nelson Mandela:

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos más allá de la medida […] Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que más nos asusta”- Nelson Mandela

Y de pronto te empiezas a cuestionar sobre qué nos limita verdaderamente. ¿Acaso no somos nosotros mismos? Por un lado, crecer en un mundo lleno de etiquetas, estigmas y patrones sociales nos hace creer que lo más seguro es adaptarse a lo normal, pues lo diferente es extraño y peligroso. La receta dice: graduarse del colegio, escoger la carrera definitiva a los 16 años (que sea relevante y con buenas oportunidades, de otra manera, el resultado final puede salir subido de sal), trabajar, hacer maestría, etc. El mundo es cada vez más competitivo y uno sigue más sumergido en encontrar herramientas para seguirle el ritmo, en vez de encontrar lo que realmente nos apasiona y nos hace más fuertes.

En realidad, demostrar que tenemos talento para algo, probar nuevas experiencias que nos llaman la atención o dedicarnos a lo que nos gusta, son de las cosas más difíciles de hacer, cuando debería ser lo contrario. Sin embargo, si lo intentamos, nuestra mente empieza a presionarnos y a idear mil escenarios donde todo sale mal, pues si tenemos éxito encontrando nuestro propio camino, ¿vamos a poder sostener el peso de esa corona? Es lindo llegar a la meta, pero lo difícil es mantenerse. Muchas veces no estamos preparados para aceptar que una vez que tengamos éxito, nos vamos a culpar por cada error que tengamos.

Entonces, ser conscientes de nuestro potencial es como ponerse el guante de Thanos con las gemas del infinito. Tienes un inmenso poder en tus manos, pero te da terror no cumplir con el objetivo adecuadamente. Sin embargo, eso no debería detenernos. Fuimos hechos para brillar, no para esconder lo que realmente queremos mostrar. Cuando alcanzamos las metas que nosotros mismos trazamos, alcanzamos un nivel de libertad incomparable, y eso puede motivar a otras personas para que hagan lo mismo.

Timo Cruz nunca pensó que brillaría como lo hizo algún día. Tú puedes ser el siguiente. ¿Te animas a mostrar tu luz también?