El fanático dentro de nosotros

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Mecanismos oscuros en lo profundo de nuestro cerebro pueden llevarnos a caer en el extremismo si es que no aprendemos a controlarlos.

Escribe: Alonso Macedo


Se le atribuye a Winston Churchill la definición del fanático como “aquel que no quiere cambiar de opinión y no puede cambiar de tema”. Habiendo triunfado en una guerra sangrienta en contra de un régimen de fanáticos fascistas, conocía bien lo obsesivos y peligrosos que son para la sociedad. No es una coincidencia que buena parte de las peores atrocidades y tragedias de la humanidad han sido causadas por ciegos seguidores de ideologías, religiones o personajes nefastos. Pero ¿qué lleva a una persona a ser un fanático? ¿Y si te dijeran que el fanatismo está en la estructura de tu cerebro?

Lectores familiarizados con la psicología reconocerán el término “disonancia cognitiva”. Acuñado por Leon Festinger en 1954, describe el sentido de incomodidad que produce la presencia de dos pensamientos o comportamientos contradictorios en la mente de una persona. No es fácil conciliar el hecho de tener un cigarro encendido entre los dedos con el conocimiento de que fumar te va a matar. La manera más fácil de reducir esta disonancia es dejar de fumar o encontrar justificaciones para hacerlo. “No es tan malo”, “evita que engorde” o “a mi abuelito no le pasó nada” son todas excusas cómodas que, mediante racionalización o negación, buscan desterrar la disonancia.

En algunos casos no es muy difícil vivir con estas disonancias, pero cuando estas ponen en duda la identidad propia, la incomodidad se puede volver insoportable. Las amenazas a la idea de que somos éticos, inteligentes, responsables o como sea que decidamos definirnos no son fáciles de tolerar, por lo que es urgente para el subconsciente eliminar la contradicción. El resultado: forzar a que nuestras ideas y pensamientos se acomoden a la idea que tenemos sobre nosotros.

Este fenómeno se puede observar en distintos ámbitos. En política, un estudio conjunto de Yale y Harvard encontró evidencia empírica que apoyaba las predicciones de la teoría de disonancia cognitiva: el hecho de votar por un candidato hizo que la opinión de las personas sobre este sea más favorable después. Ante la posible disonancia producida por estar en desacuerdo con el accionar de alguien a quien ya le dieron su voto, muchos optan por apoyar incondicionalmente al candidato que eligieron para no caer en la inconsistencia.

Sería ingenuo pretender que la disonancia cognitiva explica todos los aspectos del fanatismo, los sesgos que afectan a nuestros cerebros son varios. Por ejemplo, el “sesgo de confirmación” nos lleva a solo aceptar la información que no contradice las ideas preconcebidas que tenemos y excluir el resto de manera arbitraria. Es la combinación de estas fallas en nuestra lógica la que nos pueden hacer caer en el vórtice del fanatismo.

Lamentablemente, no hay una receta mágica para eliminar los sesgos de nuestro cerebro. Podemos quejarnos de que los demás se rehúsan a cambiar de opinión ante evidencia, pero ¿cuántas veces hemos cambiado de opinión nosotros? La resistencia es natural. El aprender a vivir con las disonancias es difícil pero necesario para no caer en extremismos. La revista The Atlantic recoge una frase pronunciada por el primer ministro israelí, Shimon Peres, luego de enterarse de que su amigo Ronald Reagan dio una visita oficial a un cementerio que incluía tumbas nazis: “Cuando un amigo comete un error, el amigo sigue siendo un amigo y el error sigue siendo un error”.

Hay que hacer todo lo posible por no huir de la contradicción, sino aceptarla y reflexionar sobre ella. Buscar entender por qué existe la disonancia nos puede llevar a cambiar de opinión para bien o fundamentar la posición que ya teníamos de una mejor manera. Otro beneficio de que los “amigos sigan siendo amigos” es que tu círculo de amistades y de redes sociales no se vuelve una cámara de eco, en donde todos tienen las mismas ideas y los sesgos se reproducen y refuerzan. El aislarse de nueva información hace más fácil que caigamos en la trampa del sesgo de confirmación, mientras que abrirse a las inevitables contradicciones que llegan con esta nos hará más razonables y sabios.

No es fácil aceptar que siempre podemos estar equivocados, incluso en las ideas en las que creemos más fervientemente; sin embargo, es necesario interiorizar esta idea si es que queremos evitar caer en extremismos irracionales. Al final, la sociedad no se divide entre los que son fanáticos y los que no, sino entre los que aprendieron a controlar a su fanático interior y los que cedieron.

Referencias:

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