Disculpe, ¿le puedo dar un puñete?

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Formalmente, pretendo anunciar en este artículo mi propuesta de una herramienta novedosa para todo aquel que se encuentre escribiendo la Historia del Perú: el puñete. 

Escribe Juan Diego Zapata Diaz.


Antes del planteamiento formal, empecemos por mostrar por qué es posible y necesario embarcarse en la tarea de cambiar (o añadir) una herramienta al entendimiento nacional. La historia es sin duda un invento humano, un ejercicio refinado con los años, que nos ayuda a tener memoria. Conviene entonces empezar por analizar minuciosamente esta sospechosa “memoria”. 

Radiografía a la memoria

Una de las primeras personas en notar este hecho, o al menos el más incisivo, ha sido el lingüista peruano Mario Motalbetti. Él señala que una de las consecuencias de la memoria perversa es hacernos creer que podemos recordar lo que pasó como si la memoria fuese un puente a una realidad pasada objetiva. Si “lo” recordamos entonces “lo” pasó. Sin embargo, en el fondo, sabemos que esto no es así. Usaré la primera prueba que presenta Montalbetti en 2014: 

“Cuando se nos pide recordar, se nos pide “hacer memoria”. Este es un dato gramatical que revela una intuición fundamental de los hablantes: hacemos memoria. Es decir, la fabricamos. Y yo diría que de la misma manera en que hacemos una casa; a pedido como para satisfacer nuestros deseos personales: lo queremos con dos dormitorios, una sala, baños (…)”. (p.20) 

Esto debería advertirnos de entrada que confiar en la memoria es algo que debe hacerse con mucho cuidado, pues no es otra cosa que confiar en algo que hemos fabricado. Entre otras cosas, el ser humano es Homo faber. Hacemos cosas. Entre ellas, memorias. 

Análisis de sangre a la Historia del Perú

Existe otra intuición de Montalbetti que me ayudará a exponer la posibilidad de una nueva herramienta y que sigue el siguiente razonamiento. Primero preguntémonos ¿Qué hace que algo sea parte de la Historia del Perú? Solemos responder, circularmente, “debe ser un hecho histórico” o “importante”. Pero, ¿qué es eso? Supongamos que yo en este momento levanto mi mano derecha; ¿este acto forma parte de la Historia del Perú? Probablemente no. Ahora supongamos que levanto mi mano con una piedra y se la tiro al Arzobispo de Lima y le parto el cráneo. ¿Sería ese acto parte de la Historia del Perú? Probablemente sí. La pregunta es: ¿quién lo decide? La Historia del Perú está formada por una serie de actos que a unos personajes (los historiadores) les parece que deben ser parte de la Historia del Perú. Hay criterios, sin duda. Pero, no hay nada objetivo en que un hecho tenga que ser parte de la Historia del Perú y otro no. Por esta razón Montalbetti sentencia: “si cambiamos de historiadores, cambiamos de Historia”. 

Pues bien, justificada la hazaña que se está emprendiendo en estas hojas, comencemos por meditar sobre el puñete. 

El puñete como acto íntimo 

Nada puede seguir igual después de un puñete. Por definición, el puñete agudiza el caos del momento y cambia el rumbo de las relaciones, discusiones y eventos, marcando (además de un moretón), un hecho insoslayable, innegociable en el presente mientras que ocurre. En efecto, un puñete abre una herida en el tiempo que nos trae de golpe al ahora. 

Los humanos hemos dado puñetes durante años, pero no se les ha prestado la atención debida. Y es que este acto pertenece al ámbito de las cosas que no suelen decirse. En la modernidad son pocas las cosas que pertenecen al terreno de lo íntimo. Por lo general, los actos más primitivos se suelen mantener en la intimidad como comer o realizar una actividad sexual. Sin embargo, el Instagram y la pornografía han desterrado a estos actos de lo privado. 

Sin embargo, los puñetes aún se suelen mantener en secreto. Todos tenemos uno guardado que nos cayó, que dimos o que deseamos dar alguna vez. Los puñetes que nunca llegan, los puñetes premeditados, los puñetes necesarios y los puñetes injustos. Hay de todo tipo. Es en la capacidad de “pívot” o punto de quiebre, inevitable y conclusivo, en la que reside el potencial del puñete en la historia. 

El puñete como acto público peruano

En la Historia del Perú (espero que ahora lea con sospecha la palabra anterior), han ocurrido algunos puñetes famosos. Por ejemplo, el puñete que Mario Vargas Llosa le dio a Gabriel García Márquez en el ojo izquierdo en el vestíbulo del Teatro del Palacio de Bellas Artes en 1976.  Hubo varios testigos; sin embargo, existen varias versiones sobre lo que ocurrió después del puñete. La versión más adecuada para los dos genios literarios es que García Márquez le extendió la mano para saludarlo solo para recibir el irrevocable puñetazo de Vargas Llosa. García Márquez, quien esperaba un saludo más amable, había caído al piso. Hubo un silencio ensordecedor en la habitación, tras lo cual, García Márquez se paró sin decir una palabra y le volvió a extender la mano. 

Un segundo puñete famoso es aquel que aconteció sobre la cara del congresista Ricardo Burga durante las marchas contra el gobierno de Manuel Merino. En este último caso, el puñete sucedía a la par del descontento ciudadano a escala nacional y marcaba un antes y un después en términos de indignación en la política peruana. El puñete de Vargas Llosa, marcaba el final de la amistad entre ambos escritores, pero también ocultaba la divergencia de opiniones ideológicas y el cobro frío de una venganza que se demora en suceder. 

Es difícil encontrar registro de más puñetes pese a que a diario se reparten cientos a escala nacional. Seamos claros en algo, un puñete constituye una violación flagrante de la individualidad y debe ser desincentivado para construir una sociedad democrática y justa para sus miembros. Lo que se propone aquí no es en el sentido de un subsidio a los puñetes, sino más bien, analizar, documentar e interpretar exhaustivamente aquellos puñetes que acontecen. La porción de realidad y lugar en la memoria que se puede extraer de un puñete puede ayudar a escribir mejor la Historia del Perú. 

Imaginemos nuestra historia republicana y colonial contada añadiendo aquellos puñetes que ocurrieron entre amigos, entre ciudadanos y políticos, aquellos puñetes que alguna persona deseó dar, pero no dio o los puñetes que llegaron tarde, pero llegaron. Es un pedazo de información que se nos escapa o dejamos escapar del imaginario colectivo. ¿Y si reescribimos la historia a puños?

Desearíamos que los puñetes se repartieran preguntando: “disculpe, ¿puedo darle un puñete?” o al menos que se anuncien diplomáticamente como: “perdón, tengo que meterle un puñete”. De ser así, resultaría más atractivo para los académicos utilizarlo, sin embargo, se perdería gran parte del potencial explicativo del inesperado puñete. 

Sobre los futuros puñetes 

Si realiza el ejercicio de preguntarse ¿cuándo fue la última vez que dio un puñete? o ¿cuándo fue la última vez que deseo dar un puñete?, notará el potencial explicativo que este tiene. Si por alguna razón usted piensa, luego de esto, darme a mí un puñete, le pediría que sea breve, decisivo y que no me dé explicaciones. Sin embargo, estará en la obligación de entregarme la documentación exhaustiva desde la concepción hasta el golpe final, al menos por cortesía. 

Referencias: 

Montalbetti, M. (2014). Cualquier hombre es una isla. Ensayos y pretextos. Lima: Fondo de cultura económica.