Mi gusto es mejor que el tuyo

0
550

Si bien la música es un fenómeno artístico, subjetivo y complejo, hemos escuchado a más de una persona argumentando que ciertos géneros musicales son aburridos, tontos o superficiales y, por lo tanto, no deberían gustar tanto como otros. Quizás hemos sido culpables del mismo argumento nosotros mismos pero, ¿de verdad existe el buen gusto en la música?

Escribe: César Valdivia

_________________________________________________________________

Mi gusto por la música empezó en cuarto o quinto grado de primaria, cuando los USB aún eran relevantes para un alumno escolar. En ese entonces, curioseando entre los archivos de una computadora de mi colegio descubrí una lista de canciones guardada en la memoria. Probablemente fue dejada ahí por Roberto, mi profesor de computación de primaria, como premio a un curioso que se tomara un segundo para investigar y con la esperanza de contagiar su gusto musical a quien lo encuentre. Desde ese día Green Day, Shakira, Guns and Roses y los Beatles andaron conmigo y no pasó un día de clase de computación sin escucharlos mientras resolvía ejercicios de Excel. 

Continuando con mi experiencia musical, hay que insistir en que, si hoy en día escucho muy poco la radio, en ese momento lo hacía aún menos. El mayor tiempo en el que me exponía a una frecuencia de radio eran 30 minutos por la mañana, cuando escuchaba Radio Mágica (discos de oro, en inglés) de camino al colegio. Esto acrecentó mi exposición y, por ende, gusto, por la música desde los 60 hasta los inicios del 2000. El asunto es que finalizado el colegio la tenía bastante clara: la música verdadera era la antigua, los clásicos del rock. Los discos eternos que habían firmado la historia de la música y nunca pasarían de moda. 

Tengo que reconocer que no siempre he sido abierto a escuchar -o al menos probar- todo tipo de música. Sobre todo en ese entonces me solía cerrar argumentando que el reguetón no era música digna de ser escuchada por su simpleza composicional y -en ocasiones- estupidez lírica. El mejor ejemplo que se me ocurre ahora es Zum Zum de Daddy Yankee en 2018. Veamos brevemente su coro:

Zum Zum Zum Zum

Zum Zum Zum Zum

Zum Zum Zum Zum

Zum Zum Zum Zum

Zum Zum Zum Zum

Zum Zum Zum Zum

Lo que más se critica de canciones de este estilo es su letra. Es fácil compararlas con los grandes himnos del rock y descartarlas por no ser obras de la poesía más alta, argumentando que el compositor no se ha tomado la molestia de buscar la manera más elaborada de transmitir un mensaje auténtico a su público. De este modo, por ejemplo, el sentimiento perdido por una letra sosa sería el parámetro por el que parecería que una canción podría tener menos valor que otra. 

Pero hay ocasiones en las que ese no es el propósito de la composición. Si bien una letra profunda puede enaltecer y asistir a una melodía bien pensada, no es posible sostener que una canción nos debe gustar menos que otra por una letra menos significativa. Las canciones de reguetón, por ejemplo, no pueden ser medidas en un estándar igual que -por ejemplo- una de las primeras canciones de protesta de Shakira. Por un lado, Daddy Yankee pretende incrustarte su melodía en la cabeza para hacerte bailar en una discoteca sin pensar demasiado mientras que Shakira busca plasmar una denuncia de corrupción que se vive en su país. Por un lado, Río sencillamente te quiere contar que estar en la universidad es una cosa de locos mientras que Dave Brubeck te presenta una experiencia auditiva compleja de jazz sin letra en Take Five. Escuchemos, además, las piezas de Mozart, Beethoven o Chopin que, sin letras, expresan mejor sentimientos que no se hubieran logrado con el lenguaje escrito.

 

Del mismo modo en que la complejidad lírica no nos permite descartar una pieza, es una realidad que la complejidad técnica tampoco es sinónimo de mayor calidad en la música. Escuchemos, sino, una de mis canciones favoritas: Dreams de Fleetwood Mac. De hecho, esta canción está listada en internet como de las más fáciles de tocar por su nivel de simpleza: está compuesta fundamentalmente por tan solo dos acordes: Fa Mayor y Sol Mayor y, a pesar de ello, es categorizada como el mayor éxito del grupo y quizás una composición inmortal en la historia de la música. Veamos, además, que Despacito de Luis Fonsi -una de las canciones más odiadas y amadas al mismo tiempo- es sustancialmente similar a uno de los más grandes himnos del rock en español: De música ligera de Soda Stereo. Ambas canciones son prácticamente iguales a nivel armónico pues usan los mismos acordes en bucle y en el mismo orden: Si Menor, Sol Mayor, Re Mayor y La Mayor. Si estamos de acuerdo en que el éxito de De música ligera fue mayor al de Despacito, tenemos que estar de acuerdo, también, en que la diferencia no la marcó la elección de acordes de los artistas. 

Ojo que hasta ahora hemos hablado de gustos, pero siempre podemos ponernos de acuerdo en un parámetro subjetivo para evaluar si una canción es mejor que otra. Por ejemplo, si decimos que la complejidad técnica es el medidor, las canciones de música clásica o de jazz serían las mejores. O si definiéramos que una buena letra es lo mejor podríamos poner en el primer lugar a algunas de los Beatles como Yesterday o Imagine. También podríamos hacer una combinación de ambos y medir complejidad técnica y calidad lírica a la vez, en cuyo caso encontraríamos más ejemplos en más géneros. Pero la idea se entiende. Ninguno de estos parámetros puede ser tomado con objetividad como la medida para evaluar una canción y, como todo arte, la preferencia personal  -a veces inexplicable en palabras- es lo que termina influyendo para definir qué nos gusta y qué no.

Queda claro, entonces, que la definición de música es sumamente amplia y sus elementos pueden aparecer y desaparecer, a preferencia del compositor, sin que ello implique la descategorización de su obra como música o arte. Dicho esto, podemos afirmar con seguridad que Zum Zum de Daddy Yankee calza dentro de nuestra definición de música y, a pesar de no ser compleja ni profunda, los 252 millones de visitas en Youtube nos dicen que cumple su propósito: gustar y entretener.

En conclusión, el título de este artículo está equivocado: mi gusto definitivamente no es mejor que el tuyo. Ni mejor que el de nadie más. Pido perdón: tenía que llamar la atención de alguna manera. El hecho es que no existe un gusto musical mejor o peor, en parte porque la música sigue siendo arte y, en consecuencia, producto de una expresión subjetiva y libre. Con intención de profundidad o no, cada canción tiene la posibilidad de gustar y eso es lo único que debe interesar para definir qué música vale la pena ser escuchada y qué no. Por el momento seguiré a la espera de alguien que me convenza de lo contrario y, mientras tanto, disfrutaré de la música de Daddy Yankee tanto como la de los Beatles, ambos por igual. Y a mucha honra.