Todo es válido en la guerra

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Cuando escuchaste los rumores y odas al Dios de la Guerra, te imaginaste que sería un dios alto, musculoso y lleno de ira.

Escribe: Shíiram Dávila


Cuando retumbó el templo entero, la anticipación y el pavor se combinaron en una energía extraña dentro de ti. Frente a la oportunidad de conocer a un dios, te preparaste para lo peor. No esperabas realmente la pequeña, escuálida, tímida niña que se paró frente a ti en su lugar.

De piel aceitunada, cabello negro, flaco y sucio rostro, con líneas pálidas marcadas por los surcos por los que las lágrimas habían atravesado la ceniza y el polvo de su suciedad. Cubierta en un vestido de chifón blanco y un chal raído apoyado precariamente sobre sus hombros.

Un par de alas enormes – alas negras de buitre- en su diminuto cuerpo eran las únicas cosas que sugerían naturaleza divina. Cambias tu peso de un pie a otro, en un vaivén de manía nerviosa. Obviamente, hay que respetar a un dios, pero…

“Er… ¿Lo siento, estaba invocando a Ares? ¿El dios de la guerra?”. La diosa niña se encogió sobre sí misma, haciéndose más pequeña aún, y se ajustó el chal sobre los hombros evitando que caiga. Ella murmuró algo. “¿Qué fue eso?”, preguntas.

“Ares es el dios de la matanza”, repitió la diosa niña con una voz un poco más alta. “No la guerra”.

Miras al sacerdote buscando algún tipo de explicación. Él simplemente se encoge de hombros, claramente igual de perdido en medio de la confusión que tú. “Bueno”, dices otra vez a la niña frente a ti, “entonces, ¿tal vez Atenea, la diosa de las tácticas en la guerra?”

“Tácticas”, coreó la diosa niña. “No la guerra”.

Hubo un largo y tenso silencio entre las ominosas columnas del altar acompañado del susurro de las plumas que se rozaban mientras las enormes alas de buitre se movían ligeramente.

“Mi nombre es -fue- Ifigenia, hija de Agamenón, rey de Micenas, comandante de los griegos que asaltaron las murallas de Troya. Cuando mi padre deshonró a Artemisa y los vientos de Grecia no enviaron sus acorazados en el mar a Troya, me llevaron a Áulide. Para mi boda, me dijeron. “Yo tenía- “, se le escapa un sollozo. Las lágrimas le caían por la barbilla y terminaban su viaje en el suelo del templo.

“Tenía 14 años y me llevaron al altar más alto en Áulide…y luego…y- “, otro lamento. “Tenía 14 años”, sentenció. Las alas de buitre la cubrieron por completo y desapareció bajo el manto de plumas negras.

Cuando se abrieron de nuevo, cuando ella posa la mirada sobre ti, caes de espaldas. Esos ojos, ojos que habías visto mil veces en batallas.

“Soy el verdadero espíritu de la guerra, General”, te dijo la niña. “Soy la diosa del derramamiento de sangre, del sacrificio, de la matanza de inocentes. Me invocan cuando una madre grita sus lamentos al cielo, cuando mueren los hijos, cuando las hijas son robadas. Lo oigo todo, General. Lo he oído todo desde la caída de Troya “

Las terribles alas se expanden. La diosa niña se cierne sobre ti que yaces en caído en el suelo. Su imagen crece. Veinte. Treinta metros de altura. En algún lugar escuchas al sacerdote gritar.

“¿Cómo te atreves a invocar mi nombre?”

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