Lo que Fortnite comparte con el ajedrez

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“El ajedrez es un juego de infinita belleza”, dice Garry Kasparov en Youtube. Si hubiera escuchado esa frase hace dos años, hubiera sentido profundo desacuerdo: ¿qué interés podría tener un puñado de piezas moviéndose presas en 64 casillas?

Escribe: César Valdivia


Parece sencillo descartar un deporte como el ajedrez rápidamente. Después de todo, no es tan elaborado como un partido de fútbol en el Santiago Bernabeu o la carrera del Tour de Francia. Sería, sin duda, mucho más vistoso enfrascarse en una partida de Fortnite que en una de ajedrez. Sin embargo, este deporte premia a los que no le tienen miedo y, por el contrario, deciden aventurarse un poco más al fondo.

Es sencillo aprender el valor y movimiento de las piezas. El alfil se mueve solo en las diagonales del color de su casilla inicial. La dama puede moverse en todas direcciones, pero es la pieza más valiosa y fácil de atacar. Así sucesivamente. Las reglas, naturalmente, son iguales para todos los hombres, mujeres y niños. Sin embargo, si damos un paso más allá de las reglas, abandonando el nivel inicial en el que nos preocupamos por movernos según las reglas, empezaremos a crear patrones que nos distinguen (Kasparov, 2016).

Allí es donde reside la belleza del ajedrez. Una vez que el principiante ha comenzado a jugar partidas regularmente, se dará cuenta de que lo que antes le parecía un terreno áspero, oscuro y sin vida se comienza por fin a iluminar. El jugador recién iniciado -en dicho momento- habrá experimentado por primera vez en su carrera ajedrecística la principal herramienta -de tantas que existen- que usan los grandes campeones del deporte para sobresalir de la multitud: los patrones. Seguramente el lector puede esbozar la definición de “patrón” sin demasiado esfuerzo. Puede ser un modelo, un punto de referencia o una configuración de elementos reconocible, que se ha repetido en distintas ocasiones y probablemente lo haga en el futuro.

Quizás no sea sorpresa, para el lector sagaz, que la experiencia narrada en líneas anteriores no sea exclusiva de mi deporte favorito. El participante de casi cualquier juego verá su habilidad -y, posiblemente, su disfrute- incrementada progresivamente mientras más partidas juegue, mientras más atención ponga y mientras más horas le dedique. Sin embargo, esto no sería posible sin la habilidad cognitiva fundamental del ser humano de reconocer patrones: uno de los típicos procesos en los que se capta información que coincide con la ya almacenada en la memoria de largo plazo, ya sea por conocimiento o experiencia (Pi, Liao, Liu, Lu, 2008, pp. 434-435).

Fortnite es un videojuego en el que 100 personajes se encuentran en una isla y, mediante la construcción con materiales del mapa y el combate con armas de fuego, buscan ser el último participante en pie. Como era de esperarse, los jugadores basan su conducta y proceder durante la partida en función al reconocimiento de patrones. Mientras más reconoce y ejecuta el jugador, mejor le irá más victorias acumulará. Podemos mencionar la mecánica de construcción como un primer caso. Si bien cada uno puede usar las piezas que desee de la manera que prefiera, la experiencia de millones de jugadores e innumerables partidas ha determinado ciertos formatos de construcción -léase, patrones- cuya efectividad ha demostrado ser superior para cada situación. 

Situación similar es la de las armas dentro del juego. Si bien cualquiera que el jugador encuentre hará su trabajo (disparar), la realidad es que no todas sirven el mismo propósito. Para enfrentamientos de corta distancia, el jugador con una escopeta o un subfusil tendrá la ventaja. Por el contrario, un jugador experimentado evitará un encuentro a larga distancia si no cuenta con un fusil de asalto o un rifle de francotirador. Además, es bien sabido dentro del juego que es imprudente acercarse sin protección a un enemigo cubierto o levantar un edificio sin reforzar su estructura.

Si bien cada uno de los ejemplos parece describir una conducta distinta, todos son unidos por el elemento de la repetición. En cada sesión de juego, el participante debe poner en práctica estas estrategias, una y otra vez, en contextos superficialmente distintos pero sustancialmente similares. En cada una de las partidas hay que eliminar al mismo número de jugadores, con las mismas estrategias y una variedad limitada de recursos. Es seguro decir, entonces, que en todos los ejemplos se tomarán decisiones sobre situaciones que se han encontrado antes y donde es posible determinar el resultado más probable según la habilidad y los bienes al alcance del jugador: las decisiones se toman, pues, en base a patrones.

El ajedrez, por su parte, es también un juego de combate. Sin embargo, en vez de pelear con armas y edificios, tan solo dos personas bastan para dirigir el conflicto entre dos grandes ejércitos que, de no existir un acuerdo de paz, terminará en la captura de uno de sus monarcas. De manera similar a Fortnite, explica el maestro Lopez-Michelone (2017) que en el ajedrez ciertas configuraciones de piezas se repiten a menudo y, a pesar de parecer diferentes, el análisis profundo de distintas posiciones demuestra que ciertos patrones se repiten.

Para graficar a lo que nos referimos, el octavo campeón del mundo de ajedrez, Mikhail Tal, narra una breve secuencia de una partida en el libro del maestro Henkin (2013):

“El maestro ha sacrificado una pieza. Usted no sabe a dónde va a guiar este sacrificio y, pausando su respiración, observa los eventos que suceden. Sin embargo, la situación se vuelve clara: el maestro declara jaque mate frente a su oponente”.

El maestro no tiene que ser un mago o un superdotado. Tampoco hace falta que tenga una memoria brillante. Lo único que necesita es estudiar la posición en el tablero -dígase, la posición particular de las piezas-, identificar sus características y relacionarlas con otras similares que ha observado antes en sus propias partidas, partidas históricas o en las de sus rivales. El mensaje es claro: el maestro se para en hombros de gigantes, por lo que no hace falta reinventar la rueda en cada ocasión. 

Veamos la siguiente cita: 

Adquirir patrones y la lógica para emplearlos, se suma a nuestras cualidades inherentes para crear un sujeto que toma decisiones. La experiencia y el conocimiento se enfocan a través del prisma del talento, que en sí mismo puede ser desplazado, modificado y educado”.

Se trata de un comentario referente a los patrones y su repetición, brindado por cierto profesional en determinado juego. Sin embargo, a la luz de lo que hemos venido discutiendo, el lector no debería poder distinguir a qué juego se está haciendo referencia. ¿Ajedrez? ¿Fortnite? ¿Ludo?

La imposibilidad de hacer esta distinción es la materialización del punto central de este artículo: la identificación y repetición de patrones son el eje principal de todo juego. Son la principal herramienta con la cual uno se hace competente en la disciplina, son el sistema de medición con el que se compara la habilidad entre jugadores y son el motivo por el que, una vez dominados, nos sentimos realizados. 

El atractivo del ajedrez, pues, ya no resulta tan difícil de hallar. Las combinaciones magistrales para capturar la dama del rival o dar jaque mate no son más que el fiel reflejo del tiempo y esfuerzo invertidos por un jugador en ampliar sus conocimientos y estudiar partidas de los grandes jugadores de la historia: todo ello basado en la repetición de ideas y posición de piezas a lo largo de los años. Tal como la arquitectura, la música o la pintura, el ajedrez evoluciona en el tiempo y, de vez en cuando, aparece un exponente que nos ilumina con nuevos planes, nuevos planteamientos y nuevas percepciones; todas fundadas en la reproducción de posiciones en el tablero y la reiteración de las interacciones de las piezas.

Asombrarse al ver patrones ejecutados por los grandes maestros sobre el tablero, con la máxima elegancia, brillantez y nivel, es lo que mantiene a modestos principiantes como yo enganchados al juego. Esos breves halos de luz en los que se observa a un campeón calcular y reproducir una combinación ganadora son un breve vistazo al mundo infinito de conocimiento al que uno aún no tiene acceso. La belleza se encuentra, entonces, en dos componentes principales: primero, tener la posibilidad de producir jugadas coherentes, al alcance de nuestro entendimiento, poniendo en práctica las ideas tácticas que hemos aprendido antes. Segundo, a pesar de no haber podido proponer el plan nosotros mismos, entender el porqué de las jugadas de un maestro gracias a nuestro entendimiento previo de las proposiciones básicas del juego. Ambos factores fundados, sin lugar a dudas, en la repetición de la posición e interacción de las piezas. Sin duda, a pesar de no poder acceder todo ese mar conocimiento en un instante, saber que está ahí, listo para ser encontrado sin importar el nivel que tengamos, es reconfortante, pero a la vez emocionante. 

“El ajedrez es un juego de ilimitada belleza”, dice Garry Kasparov, uno de los jugadores más importantes de la historia de este deporte. Hoy en día escucho casi a diario esta frase y, ahora más que nunca, no podría estar más de acuerdo con el excampeón del mundo. 

Referencias

Henkin, V. (2013). 1000 Checkmate combinations. Pavilion Book

Kasparov, G. (2016). Cómo la vida imita al ajedrez. Debolsillo.

López-Michelone, M. C., & Ortega-Arjona, J. L. (2020). A description language for chess. ICGA Journal, (Preprint), 1-12.

Lopez-Michelone, M. (20 de julio de 2017). El lenguaje de patrones en ajedrez. Peón de Rey. https://www.peonderey.com/download/lenguaje-patrones-ajedrez/

Tal, M. & Khenkin, V. (1979). Tal’s winning chess combinations. Scripta Publishing Company.

Pi, W. Liao, M. Liu, & J. Lu. (2008). Theory of cognitive pattern recognition. INTECH. Recogido de http://cdn.intechopen.com/pdfs/5795.pdf